jueves, 17 de diciembre de 2015

Mi reseña para el nuevo libro de María Moreno Molina





The woman under the mango tree
Premio Javier Lostalé de Poesía Joven
Polibea Editorial, Madrid, 2015
María Moreno Molina


The woman under the mango tree es el título del libro y también el de uno de los poemas que se incluyen en él. Título sin duda sugerente que ya nos anticipa la importancia que van a tener la mujer y el ámbito caribeño en el que esta se desenvuelve, digamos, teniendo en cuenta los dos planos de una misma realidad (esto es fuera y dentro del poemario). Constituido en tres partes (Isla ausente, Isla presente e Isla Remota), el libro dibuja un recorrido humano por un país, Trinidad y Tobago, distante del mundo tal y como aquí lo conocemos, y profundiza en el crudo día a día de sus habitantes. La autora es un ser comprometido con la vida y las costumbres de la mujer caribeña, así lo constatan los siguientes versos que aluden a La cerveza de los hombres: "No beban las señoras de esta poción tan mágica / que hace más fuerte al fuerte. / No beban y contemplen cómo estamos / sentados frente al televisor, / el partido de cricket de hace tres días / comenzando su cuenta atrás de horas, / como atrás del sofá se encuentran las señoras / relegadas por blandas, por consenso, por júpiter / relegadas por mí pero también por todos / mis compañeros. / […] No beban y recojan las alas, los insultos, / los botellines verdes." Se trata de una mirada crítica que, lejos de ser meramente panfletaria o propagandística, indaga sin rubor alguno en la barbarie de las costumbres que siguen sometiendo a la mujer frente al papel del macho dominante. Ante este nefasto panorama, el remedio puede ser en ocasiones mucho peor que la enfermedad. La prueba de ello la encontramos en el poema que lleva por título Muerte I, y dice así: "Fueron los vecinos testigos todos, / se confundió el disparo con el ritmo de banda. / […] Mujer negra soltera busca / vida de veinticuatro años, / hallada muerta en el sillón de casa / el martes de carnaval de 2012, / en uno de los carnavales más salvajes del mundo, / en la ciudad de puerto españa / de trinidad y tobago." La voz poética está acertada en todo momento: se retuerce y juega con el lenguaje en los primeros poemas del libro, buscando un mayor lirismo a través del exuberante paisaje del país, y, posteriormente, se aclara y se concreta en la palabra exacta para caer con fuerza, sin florituras ni alardes de ningún tipo que puedan desviar la atención, sobre los temas más críticos, que son los de carácter social. Si abordamos esa primera fase de poemas más introspectivos y juguetones con el lenguaje y con las formas, encontramos, entre muchos interesantes poemas, uno bellísimo que lleva por título, precisamente, Mango, y que dice así: "Que me deshago en mango y en amarillo / que me deshago. / De hebras finas y breves me compongo y me entrego / en carne y en azúcar. / Que me deshago en mango y en amargo / si me especias, / que me deshago en aire cálido y en ramas / de donde salgo y crezco. […]." También merece la pena destacar, de esta primera parte, el poema titulado Temporada de lluvias, donde la semántica del conjunto le cede toda la importancia al ritmo y esos hermosos juegos de palabras a los que aludía antes. Y además sobresale, cómo no, el que le da nombre a todo el conjunto, un poema corto, evocador, que emociona por su humana sencillez y que, de algún modo, hace partícipe al lector de ese compromiso con la mujer humillada que habita el país.
No cabe ninguna duda de que María posee una voz personal muy interesante, una mirada afilada que aborda como pocos los aspectos más incómodos de la mujer dentro de la sociedad en la que vive, y un mundo propio que resulta original sin descuidar la tradición y las buenas formas de la poesía. Por todo ello, leer este libro, leer a su autora, es un ejercicio del todo recomendable.

Rubén Martín Díaz


lunes, 14 de diciembre de 2015

Biblioteca Nacional, Madrid

Acompañando a Javier Temprado, con motivo del Fallo del 69 Premio Adonáis (11 de diciembre de 2015)




Reseña sobre "El mirador de piedra", por Ángel Rodríguez Abad

Me ha llegado, a través de Juan José, editor de Polibea, esta reseña que Ángel Rodríguez Abad escribió hace un tiempo sobre mi libro El mirador de piedra (Visor, 2012) para la Revista Turia:



EL CONTEMPLADOR INTERIOR



RUBÉN MARTÍN DÍAZ
El mirador de piedra
Madrid, Visor Libros, 2012


Como colaborador literario que soy de Radio Nacional de España me van a permitir, para comenzar, enarbolar la defensa de un género minoritario pero imprescindible, como es la poesía, desde cualquier rincón que se ofrezca a ello (por ejemplo, desde estas amistosas páginas que tanto hacen por las Letras en general). Cuánto más ha de insistirse en tal consideración si el medio de difusión desde el que se lleva a cabo tal apoyo es poderoso y completamente público, como así lo es la emisora de radio mencionada. Todo esto viene a cuento porque fue gracias a la concesión del Premio Ojo Crítico de RNE (en su convocatoria de 2010) cuando llegó a mis manos el primer libro que pude leer de Rubén Martín (Albacete, 1980), que había sido Premio Adonáis 2009. No es ocioso subrayar que el poeta y crítico Javier Lostalé me había puesto sobre la pista de tal título: El minuto interior (Rialp, 2010).
Aquel libro, aquella recoleta gavilla deslumbradora de poemas – escritos por un autor que no figuraba en las antologías de referencia ni se movía en los circuitos al uso del mundillo literario (residía en su provincia natal alejado de cualquier gran capital) – estaba bañada por una luz abrasadora pero íntima que se cernía alrededor del milagro callado y cotidiano presto a mostrarse: “un manantial de luz forja la vida”; “¡Qué mezcla de metales en la luz!” Versos refulgentes que amoldaban el perfil del orbe al corazón interior de un contemplador persistente, avizor. Se hacía perceptible para el lector un canto (con ecos del Claudio Rodríguez caminante del campo a través, y ráfagas del Brines elegíaco) que devenía latido hondo en su pureza de mirar. Por ejemplo, al amanecer: “Y todo canta ardido entre los restos”. Y llameaba asimismo un pálpito griego presocrático y mediterráneo en sus “Lúmenes”: “Esta luz hace propio / todo aquello que toca”; palabra viva del alma en pos de una configuración visual (y mental) armónica, sensual, pánica, transfiguradota.
El minuto interior se revelaba de esta forma como prodigio “donde todo respira a través de mi cuerpo”. El poeta adivinaba en su vibración y en su alto pasmo de quietud el vuelo y el cántico de una naturaleza y de unos ciclos (¿un ritmo dariano pero exclamado en voz baja?) fagocitados como ritual abierto, celebrado desde y por lo vivo nutriente. El excelso poema que cerraba el libro – “El último relumbre” – incorporaba el hilo del crepúsculo vespertino al ánimo del mirador como “casi pura iluminación”. Podíamos así intuir al urdidor de aquellas pequeñas maravillas salvadoras como a un ser esclarecedor del caos. Sintiente, tocado por heridas pero – en su admiración pausada – escribidor mirífico de los cuerpos queridos, de los instantes hermosos donde lo tangible y lo presentido nos convocan.
Luego supimos que firmando como Rubén Martín Díaz ya había ganado un premio en su región y publicado un libro (Contemplación, Vitruvio, 2009) donde gratitud y revelación enlazaban sus amores y plegarias. Y también como Rubén Martín Díaz nos hace llegar ahora su más reciente entrega – El mirador de piedra, Premio de Poesía Hermanos Argensola 2012, promovido por el Ayuntamiento de Barbastro – para ahondar con ello en sus obsesiones más arraigadas. Esta vez concediendo el protagonismo a un mirador existente en plena naturaleza (el Mirador Rodríguez de la Fuente, sito en el Parque Natural de las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, en la provincia de Jaén), concebido como el ámbito arropador de sus reiteradas contemplaciones. Pues tal lugar fue descubierto por él en su niñez, y en su regreso posterior ya como adulto – desde su joven mirada sagaz, educada y/o despojada por el afán poético – logra hacer de ese sitio recuperado un territorio fructífero de canto, conocimiento, pulsación y escritura.
Rubén Martín Díaz nos aproxima, en un primer movimiento lírico al mirador mentado y a sus alrededores. Lo descriptivo (“respiro sobre el bosque, como el árbol, / desde un antiguo mirador de piedra”) y la punzante naturaleza todopoderosa (la “Ceremonia del alba” como “súbita verdad amanecida”) conviven con el relámpago sentido de la eternidad, con el cenit celebratorio de un paraje (no sólo vivido sino quizá soñado a fuerza de la ponderación ascensional derramada por su explorador) “...donde, al fin, yo / me siento mucho más cumplido y vivo”. La pregunta retórica del inquisidor anhelante de belleza, de transparencia, acaso también de lírica redención, se contesta a través de la sutileza pleonásmica del mirarse adentro. Era en ti mismo donde el enigma habría de resolverse: “¿A qué lugar de siempre has regresado? (...) He llegado al lugar; lo reconozco”.
En la parte central del libro, quizá su movimiento más conseguido, otros paisajes respirados nos invitan en su intensidad. El poeta se sitúa, en su viaje, “en el centro del día” y se infiere un anhelo de trascendencia cuando la cauta voz del iniciado se apostrofa a sí mismo describiéndose con los siguientes trazos: “maravillado y limpio en tu interior / y olvidado de todo y de ti mismo”. La comunión con el entorno se ensalza mediante la fisicidad material y la ascensión espiritual. Fisicidad del agua fría nacida del manantial (“Qué gozo el agua pura y cristalina / que de la sombra nace / y en la sombra del cuerpo se me hospeda”) y ascensión emuladora de la rama que contemplamos y nos une a lo vivo todo (“Hacia arriba nos crecen estas ramas”).
Para Rubén Martín Díaz, en fin, en este libro de aguaceros, ciervos, cadencias, árboles y atardeceres, donde el gozo vital se enhebra al idiomático, canta la vida en su propio interior al descubrirse él en lo contemplado. Un aforismo o divisa – tal en un torneo o certamen de justas poéticas – parece brillar en el libro: “Esta locura de vivir me hierve dentro”. El contemplador interior suscita entonces el apotegma resumidor: “lo contemplado está en el pensamiento”.


ÁNGEL RODRÍGUEZ ABAD

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Puesta de sol en un puerto


Puesta de sol en un puerto, Claude Lorrain, Museo del Louvre (París)


Puesta de sol en un puerto



Te esperaba en un austero cuarto del Museo del Louvre, frente a ese romántico cuadro (Puesta de sol en un puerto) que Claude Lorraine pintara en el siglo XVII. Abordé la pintura, en un principio, igual que el ave al escrutar la campiña hacia el final de la tarde: sin dilación ni congoja, sino ebrio de luz y tradición. Me demoré en su añoranza, con los peligros que conlleva el entregarse a un acto así, y entendí que lo que un hombre ama es la parte que de él se da en las cosas, y que, por eso, todo lo demás nos es ajeno. La vida, pues, da más al que más entrega. Regresaste a propósito de hallarme frente al mismo cuadro en que me habías dejado un tiempo atrás, acaso embebido en un viaje imaginario a esa puesta de sol en un puerto sin nombre. Y así fue; pero aún hoy conservo la certeza de que una parte de mí no supo remontar tanta nostalgia, y de que algo, desde entonces, no ha dejado de morir.

Del libro Arquitectura o sueño (La Isla de Siltolá, 2015)