domingo, 28 de abril de 2013

ESTADOS DEL AIRE






No hay claridad más honda y más concisa
que la del aire puro, desgastado
de rozarse en las cosas
pero sediento
de luz, en el instante
de ser una traslúcida apariencia
que filtra la mirada.

Ese nítido cuerpo
que descansa en quietud,
esa materia que perfila el mundo,
¿a qué fuerza obedece? ¿Qué lugar
del tiempo habita en su callado llanto?

Y ahora, de repente,
tras de un primer sollozo
que despierta en los árboles
el zarandeo de sus ramas yertas,
puedo ver cómo se alza en leve vuelo
y cómo, ya sin tanta claridad
ni sed de luz, olvida
su estado precedente y cambia el orden
que había mantenido en su reposo.

Cuando el día acostumbra a orientar
sus sombras hacia el Este,
ese creciente hálito
se expande y se contrae hasta el límite
etéreo de su fisonomía,
permuta,
eclosiona de frente contra el sueño,
golpea la ventana de mi cuarto.

Es aire –pienso, sin abrir los párpados,
desde mi cama–. Aire
dispuesto a celebrar su paso por la tierra.



El mirador de piedra (Visor, 2012)

domingo, 24 de marzo de 2013

LA IGLESIA





(Sacro Convento y Castillo de Calatrava La Nueva)




Atravieso el umbral de lo sagrado,
la abertura de luz que forma el pórtico
antes del frío de la estancia, y entro
sin miedo y sin pesares a un lugar
hermoso y solitario donde moran
las sombras. He sentido aquí la llama
de un ascua milenaria que aún perdura;
es algo que sucede en ocasiones,
cuando canta la vida en mi interior
al descubrirme yo en lo contemplado.
Quiero decir que, a veces, uno encuentra
su sitio fuera de su propio cuerpo,
y que ese sitio, a veces, no es paisaje
–no es bosque, no es campiña, no es albor–.
Hoy sé que entre paredes se instituye
esta antigua capilla, y que el espacio
que adornan sus columnas, su bóveda
de crucería y ese rosetón
de encima de la puerta, no es tan sólo
el aire que apuntala el edificio,
sino que en cierto modo es un reflejo
de lo que soy, de lo que aspiro a ser
y de cada recuerdo acumulado
que me hace ver las cosas renacido.



Del libro El mirador de piedra (Visor, 2012)

viernes, 15 de febrero de 2013

Nueva reseña sobre 'El mirador de piedra'


Javier Lorenzo Candel habla sobre 'El mirador de piedra' en la entrega 104 del boletín de publicaciones de CLM:



El mirador de piedra
Rubén Martín
Editorial Visor, Madrid, 2012

Después de una veloz trayectoria poética, con tres libros escritos y publicados en sólo cinco años, Rubén Martín entrega a sus lectores “El mirador de piedra”, premio Hermanos Argensola publicado por Visor.
Un libro que marca ese último hito de su trayectoria desde dos puntos de vista, desde dos lecturas posibles: La primera, con la intención de dejar en sus poemas el poso de una infancia que fue intensificando los momentos vividos y soñados en un espacio natural de la sierra de Cazorla (el título es el topónimo de un lugar de la sierra); una infancia descrita por el niño que descubre la naturaleza y hacia ella aproxima sus inquietudes, que se sorprende con aromas y colores que van dejando el paisaje, que vibra ante una conversación o ante la presencia de los otros como un complemento necesario para su formación sentimental.
La segunda lectura viene de la mano de una recuperación de esa naturaleza en sus tonos más universales, en los elementos que la conforman y que la hacen respuestas ante la creación o el origen, con el agua, la tierra, el fuego y el aire (presocráticos incluidos) diseñando lo que entra en la percepción de un poeta y que, seguro, desconoce la mirada del niño. Hölderlin, Schopenhauer o las teorías que nacen de la física cuántica van trufando el mensaje con un lenguaje sencillo, acariciado en el contexto en el que Rubén quiere situar sus reflexiones; pero, además, Claudio Rodríguez o Valente como maestros cuyas teorías sobre la poesía van acumulando conocimiento para el joven poeta.
“El mirador de piedra” es un recorrido que, a la vez, se desplaza por el interior y el exterior del ser humano, por la mera percepción y la contundente reflexión de cuanto se percibe. Dos instantes que marcan el ritmo de los poemas, que van desfilando desde esa infancia recuperada para afianzarse en la madurez del poeta manchego. Y, por encima de todo, como una necesidad del movimiento, la luz, que aparece como tema recurrente en los versos de Rubén. Porque esa luz que ilumina lo descubierto, lo que es externo y lo que se vislumbra desde el interior, es la “masa madre” (permítaseme el término) de un libro como este que hoy comentamos. Así, “El mirador de piedra”, es emoción, intensidad, vívida razón del mundo, reflexión, entusiasmo y entendimiento para, por encima de todo, dotar a este camino de una luz central que descubre los elementos del viaje.

Javier Lorenzo Candel

martes, 12 de febrero de 2013

Lectura de poemas en el centro penitenciario La Torrecica




El 1 de febrero tuvo lugar una lectura de poemas para los presos de Albacete. El recital, organizado por Miguel Jesús Martín Arellano, contó, además del propio Miguel, con la presencia de Martín Giménez Vecina, Francisca Gata y un servidor. Algunos internos se animaron también a leer sus propias creaciones.

viernes, 8 de febrero de 2013

Jorge de Arco sobre 'El mirador de piedra'


Ayer apareció una nueva reseña sobre mi último libro, la firma Jorge de Arco en Andalucía Información:

También de Albacete, pero mucho más joven (n.1980), es Rubén Martín Díaz, autor de “El Mirador de piedra”, distinguido con el Premio Hermanos Argensola, y editado por Visor. Sus dos poemarios anteriores fueron “Contemplaciones” y “El minuto interior”, Premio Adonáis (Rialp, 2010) y premio “Ojo Crítico”, de RNE.
Ese Mirador, sito en la provincia de Jaén, y en el que hombre y Naturaleza parecen integrarse misteriosamente, “es símbolo imperecedero de sus primeras contemplaciones y su regreso a él marca el inicio de una nueva etapa” en su hacer y decir”.
Contemplación, contemplaciones, … la mirada del poeta es sustantiva y sustentadora de su despliegue lírico. En el poema que cierra el libro, “Saber mirar”, puntualiza que “mirar no es sólo un hecho cotidiano”, y que “la virtud del ojo cuando estás en la mirada”, es cómo “capta el detalle y guarda su armonía”. Bastaría considerar los títulos de las tres partes en que los poemas se agrupan, para deducir una actitud, una postura decidida: “El Mirador y sus alrededores”, “Otros paisajes respirados” y “La transparencia del aire”. Pero si así hiciera, el lector se perdería el disfrute de una poesía serena y reflexiva, caladora también, y muy bien dicha.
    “Canta el viento de ayer/ su melodía nueva”, leemos. Y esos heptasílabos expresan, en su brevedad y su precisión, el aliento de todo el poemario, en cuanto la fusión de presente y pasado lo signa y lo define. Confieso que utilizo tal verbo -definir- con cautela, porque este montón  de versos entrañados no merece ser resumido de tan tajante modo. Pero la poesía tiene estas cosas: estas cualidades, estos atributos. Decir mucho en lo poco, sin caer en la sentenciosidad. El verso de Pere Gimferrer con el que Martín Díaz encabeza su libro, podría valernos como ejemplo: “Las piedras vivas hablan de un recuerdo presente”. Martín Díaz, además de contemplarlas, las ha escuchado. Y aquí reproduce cuanto ellas le revelaron.



http://andaluciainformacion.es/notas-de-un-lector/281179/de-poesia-albacetena/








miércoles, 30 de enero de 2013

Lucía Plaza habla en su blog sobre 'El mirador de piedra'


Lucía no pudo estar en la presentación del libro, pero nos deja en su blog unas palabras escritas para la ocasión:


Hace unos días mi buen amigo (y mejor poeta) Rubén Martín Díaz presentó su libro "El Mirador de Piedra" y para tal ocasión, yo había escrito unas palabras sobre su obra que, finalmente, no pude leer porque mi bebé estaba hospitalizado y ni la más magnífica de las veladas poéticas puede separarme de ella (aunque he de reconocer que sentí mucho perdérmelo).

Hoy todo está bien y libero en este espacio aquellas palabras para que vuelen hasta la pluma de barro de Rubén:


RUBÉN MARTÍN DÍAZ: EL DON DE LA PALABRA.

En una ocasión, Gabriel García Márquez dijo que los escritores leemos las obras de los otros sólo para averiguar cómo están escritas. En cierto modo es verdad, no nos conformamos con los secretos expuestos en el frente de la página, sino que la volvemos del revés para descifrar las costuras. De alguna manera imposible desarmamos los poemas en sus piezas esenciales y los volvemos a armar con la esperanza de haber descubierto los misteriosos entresijos de su relojería personal.

Lo que Gabriel García Márquez no dijo es que hay libros tan bellos en su fondo y en su forma que hasta un escritor, al leerlos, se olvida de las costuras, se olvida de la estructura, de medir versos, y deja que las palabras penetren en el corazón con el misma ritual mágico y silencioso, con el que va horadando, el agua, la roca.

"El Mirador de Piedra" consigue ésto, consigue hacernos sentir que la Naturaleza es un poema escapado de la pluma de Rubén Martín Díaz. El bosque, las piedras, la bóveda azul del aire, son versos que se engarzan -como pequeñas gemas brillantes- en la lírica de este libro. De la poesía de Rubén emana una luz sin artificios, una claridad que ilumina los pequeños detalles de la existencia; esos instantes que fueron suyos y que ahora nos regala, para siempre, en forma de palabra escrita.

"El Mirador de Piedra" es un himno vital a la alegría, una invitación a olvidarse felizmente de uno mismo. Una invitación a contemplar y ser contemplado, a asombrarse, a ser uno con lo viviente, y a disfrutar la vida que se derrama, como fina lluvia, en cada página. La locura de vivir arde dentro de estos versos dejando en el pecho del lector la calidez de un sol de mediodía.

Este libro confirma lo que "Contemplación" y "El Minuto Interior" ya revelaron: que Rubén Martín Díaz tiene el don de la palabra.


http://pisopilotococina.blogspot.com.es/2013/01/ruben-martin-diaz-el-don-de-la-palabra.html

jueves, 24 de enero de 2013

Antonio Praena en su blog sobre 'El mirador de piedra'



Generosas palabras de Antonio Praena en su blog sobre mi nuevo libro:



Que algo se mueve en la poesía española contemporánea es evidente. Nuevas voces, nuevos aires, nuevos hallazgos.

Una de la características que encuentro en estas últimas tendencias es la búsqueda de un horizonte nuevo, un no sé qué que está en el límite de la palabra, de la vida, de la naturaleza y del mundo y que, de entrada, me atrevo a llamar horizonte trascendente, por más que este no sea religioso y se trate, en todo caso, de una trascendencia profundamente arraigada en el aquí y en la materia, en la inmanencia hermosa de este mundo.

Pero el vuelo hacia lo distinto es a veces errático. Lo desconocido, el misterio de las cosas más profundas y más elementales, parece que no se encuentra muy a gusto en propuestas y versos que parecen distintos pero que no lo son y, sobre todo, no dicen nada y hasta pueden estar simplemente jugando al “te golpeo, oh lector, oh crítico, con mis rarezas”.

La cuestión fundamental me parece ser esta: ¿cómo y, sobre todo, quién dice lo distinto, abre la hora mágica, el misterio del mundo, lo más allá que nos rodea y, a la vez, nos trasciende de una manera verdadera, honesta y lo suficientemente valiente como para que este misterio se deje decir, quiera anidar auténticamente en sus versos?

En quienes esto sea una realidad felizmente alumbrada está la clave de la poesía futura, la que ya está llegando. Y, desde luego, para mí uno de esos poetas diferentes y de ningún modo domeñables por cualquier otro interés que no sea la libertad, la belleza, la profundidad y el riesgo es Rubén Martín Díaz.

Ya nos había asombrado con “El minuto interior” (Rialp, 2009), merecedor del premio Adonáis, y ahora vuelve a confirmar lo que allí anticipaba regalándonos “El mirador de piedra” (Visor, 2012), merecedor del Premio Hermanos Argensola.

Encontramos en los veros de este libro ese algo más al qua apuntábamos: un vuelo hacia la trascendencia y una inmersión en el misterio de la naturaleza y del hombre que no necesita romper la lógica, la armonía, la claridad, la compresión para introducirse y arrastrarnos consigo hacia zonas de la realidad y del lenguaje que trascienden lo meramente visible partiendo de ello.

Los poemas consiguen despegar de lo ya sabido, lo ya dicho y sus escenarios, sus tonos y sus registros sin necesidad de golpearnos con rarezas, extraños silencios, misticismos vacíos o rupturas sintácticas. Y es en ello donde considero que la poesía de Rubén se nos presenta como exponencial de esa novedad que venia queriendo romper en la poesía española, lográndolo desde lo mejor de la tradición y haciendo como si no fuera difícil.

En “El mirador de piedra” está Claudio Rodríguez y a veces escuchamos a Colinas, el último Vicente Gallego, Javier Lorenzo o algún eco de Carlos Marzal (ese preciso empeño de los días / que estriba en arrimar su lumbre al ascua). Pero Rubén es completamente su propia voz y ello, ser él sin pretenderlo y sin subrayarse a sí mismo, es lo que permite esta simbiosis de influencias. Lo que hace el libro tan suyo, tan de todas otras voces y tan nuestro.

Acoge en el poema el paisaje que mira y funde la palabra con lo mirado:

No te pienses el agua desde ti,
sé el agua desde el agua
y no regreses nunca a la duda del hombre.

No hay mera recreación de la naturaleza; hay encuentro entre el paisaje y la verdad de las cosas que en él se esconde y que se manifiesta en la voz del poeta sin que el poeta lo agote, lo atrape, lo posea. Hay sujeto y no lo hay.

El libro se distribuye en tres partes flanqueadas por un preludio y un epílogo. El Preludio nos prepara para fundirnos con la naturaleza y el Epílogo culmina revelándonos el secreto del mirar: captar el detalle y preservar la armonía del todo.

En la primera parte un paisaje concreto de la Sierra de Cazorla y sus naturales habitantes son los protagonistas. Son los nombres concretos de animales, fuentes, picos y el propio mirador que da nombre al título y al que el poeta ha regresado encontrando lo que allí dejó de niño y algo más: ahora él es un hombre que mira -sin que le preocupe definir ese mismo acto- y todo se le ofrece en el misterio de la luz, la gran presente en todos los poemas y la que está sin que nos sea necesario disertar siquiera sobre su esencia. Encontramos en esta primera parte algunos de los versos más hermosos del libro, como los del poema “Ceremonia del alba”, quizá mi poema preferido de este libro mirador:

Has de aprender a convivir con ello.
Cuando el día despunta te abandonas
a un letargo que es como desnudarse
de cuerpo para adentro, ser la luz
en cada poro abierto de la noche.
(…)
Pero vivir del gozo tiene un riesgo
que has de correr: la carne se desgasta.

En el detalle está el secreto del todo. No necesita el ser que contempla este paisaje abarcar ni decir con palabras totalizadoras y abstractas ese todo y esa nada. Basta entregarse a lo concreto, estar con una humildad en lo concreto y dejarse ser en ello.

En la segunda parte partimos de la sierra hacia otros paisajes, respirados por el poeta y vivos en él. Siguen siendo concretos y materiales, pero de una forma diferente: en la memoria, en la respiración, en la conciencia, en el lienzo. “Lo contemplado está en el pensamiento”. El atardecer, el aguacero, la rama madre son la imagen de un paisaje conceptual, interior, pero salvado precisamente de la fría abstracción por la concreción material de estas imágenes. Está la conciencia contemplando, pero es una conciencia desubjetivada. Se ha unido a las cosas y es en ellas. No se importa a sí misma.

En esta parte el lenguaje se vuelve más conciso y certero como corresponde a ese conceptualismo material característico ya de Rubén Martín. Uno de los poemas que mejor lo expresan es “Hacer leña”:

Cada mitad es la otra, sin ser la misma
pues todo lo que fue
un solo cuerpo
mantiene siempre intacta la unidad. (…)

Y por esta senda depurada continúa la tercera parte, en la que precisión y transparencia intensifican cada una a la otra. El aire, como espacio de la transparencia de las cosas y de la conciencia en ella, es el hilo conductor y el autor se va haciendo, como el aire, cada vez más transparente. En los poemas de esta parte encontramos una voz precozmente madura. A la concisión e intensidad viene a unirse la fluidez, esa característica de estar escribiendo sin demasiado cuidado de ello mismo que le otorga a la profundidad una asombrosa y paradójica naturalidad:

¿A qué verdad de quien,
de qué, me debo ahora?

Si estoy solo en la luz
y yo soy todos, ¿soy
también la transparencia?

¿Acaso soy la luz?

Pues no sabemos, Rubén, si eres la transparencia y la luz. Pero nos has dejado muy dentro de ellas.

Un libro excelente que no podemos perdernos de ninguna manera y que perdura en nosotros mucho después de leerlo. Una obra en la que encuentro lograda esa tendencia hacia el misterio de las cosas, la naturaleza y el hombre que venía abriéndose paso en la poesía española joven y que no siempre se alcanzaba. Creo que un libro imprescindible y de referencia para una generación que ya está aquí y en la que Rubén Martín Díaz tiene, por mérito propio, un lugar preeminente.



http://elatril.dominicos.org/articulos/el-mirador-de-piedra