miércoles, 27 de julio de 2016

Un relato de "Azul nocturno"


[...] Durante una hora larga, Olivares me puso al corriente de todo lo relacionado con Salvador Dalí, Gala y la casa de ambos. Al terminar, el sol caía por detrás del horizonte. Me quedé un rato ensimismado, pensando en las palabras de Olivares, rumiando toda aquella información mientras veía anochecer sobre los cuerpos ya un poco oscurecidos de aquellas dos muchachas italianas. De pronto, mi amigo se puso en pie y, decidido, sin hacer ningún comentario, se fue hacia ellas. Lo vi agacharse y quedarse en cuclillas a su lado. Sonreía y hablaba. También las muchachas sonreían y hablaban. Los tres parecían encontrarse cómodos en la conversación. Admiré la valentía de mi amigo, su atrevimiento. Yo hubiera sido incapaz de acercarme así –digamos, sin la excusa de un encuentro más casual–, de hablar y sonreír con la serenidad y el temple con que él lo estaba haciendo. Pasados varios minutos, Olivares señaló con su mano el lugar en donde yo me hallaba. Y las muchachas, alzando al aire sus brazos, me hicieron efusivos gestos para que fuera a reunirme con ellos.

Pasaron los días. En el hotel no quedaba ya ni una sola habitación libre, todas estaban ocupadas por turistas extranjeros, los cuales, en su mayoría, resultaban ser fieles seguidores de Dalí que habían llegado a la bahía de Port Lligat con el deseo expreso de conocerle. Olivares, que llevaba cuatro temporadas seguidas trabajando allí, me confesó que aquella situación era algo normal que ocurría año tras año. No tardé mucho en familiarizarme con la silueta del pintor de Figueras, recortada en la luz de amanecida contra el amplio cielo dispuesto, pues cada mañana gustaba de salir temprano a dar una vuelta en barca. La escena era como sigue: mientras que el remero golpeaba con temple las tranquilas aguas del mar, batiendo una y otra vez su tibia espuma, Dalí, sentado a proa, muy erguida la espalda, bien alzada la mano que sujeta el bastón, despedía su voz al viento con gritos de “¡Eureka! ¡Eureka! ¡Qué hermoso rinoceronte, el mar! ¡Y qué estimulante huevo frito, el sol!”.

Las mañanas las dedicábamos enteras al trabajo en el hotel, pero las tardes nos ofrecían algunas horas de descanso, y era entonces cuando dábamos largos paseos por la bahía o disfrutábamos del mar en la pequeña cala de la que antes he hablado. A menudo nos encontrábamos allí con Marcela y Georgina, ambas semidesnudas y chorreantes de luz, perfumadas de brisa y salpicadas de espuma, hermosas, como un medio relieve esculpido por algún maestro renacentista en la superficie de piedra. Habíamos trabado con ellas una buena amistad y, por tanto, con el derecho que eso nos daba, mi amigo y yo solíamos tener su compañía hasta caer la noche. Me parecía curioso que, a pesar de su exultante belleza, no nos resultara difícil mantener con ellas cualquier conversación; las palabras y las risas fluían, los gestos obraban con naturalidad, e, incluso, cuando era el silencio el que hacía acto de presencia, las miradas saltaban de unos ojos a otros con gran alborozo y un ligero atisbo de pasión. En ocasiones, Olivares y yo boxeábamos, nos batíamos con los puños en un duelo simulado, buscando toda perfección en nuestros movimientos, empleando la estrategia para sorprender, lanzando series completas de golpes cuidadosamente medidos, y provocando el KO, de tanta risa y admiración, en las dos muchachas italianas. Recuerdo que al principio nuestras charlas se daban siempre en la cala y nunca en el hotel, más que nada por respeto a nuestro puesto de trabajo. También, todo sea dicho, por temor a perderlo. Es por eso por lo que si coincidíamos con ellas en cualquiera de las zonas del hotel, intercambiábamos un saludo, un gesto contenido o una mueca alegre, y poco más. Después, poco a poco, y como por inercia, ese respeto dejó de ser importante. Y, si bien es cierto que no tanto Olivares como yo, se nos podía ver con cierta facilidad, a cualquier hora del día, en cualquier rincón, corredor o sala, hablando y riendo en compañía de ese par de ángeles embaucadores. [...]

Fragmento del relato El genio de Port Lligat, 
incluído en el libro Azul nocturno (La Isla de Siltolá, 2016)



sábado, 4 de junio de 2016

Muy pronto en Siltolá: AZUL NOCTURNO (relatos)



QUIZÁ RUBÉN MARTÍN DÍAZ, por Josep M. Rodríguez




Una matrioska: entre mis poetas preferidas, Anna Ajmátova. Y de entre sus poemas, probablemente, “La mujer de Lot”. Por lo biográfico, por lo emocional y por esos últimos versos que encierran en sí mismos una poética. La mujer que da su vida por una mirada. Pues sin duda la mirada es el elemento que distingue a un verdadero poeta de alguien que no lo es. Decía Baudelaire que hay que salir a la calle con la vista puesta en lo que nos rodea. Estar atentos. Porque la poesía está ahí: esperándonos. Bécquer y la Rima IV. O como apunta Rubén Martín Díaz en el texto que cierra su nuevo libro, Fracturas (Nausícaä, 2016): “Quien escribe al poeta es el poema”.


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Rubén Martín Díaz nace en Albacete, en 1980. Un dato meramente anecdótico porque, para sus lectores, Rubén Martín Díaz nace en 2009 cuando la editorial Vitrubio publica Contemplación. Y a partir de ahí empieza a crecer con El minuto interior (Rialp, 2010), El mirador de piedra (Visor, 2012) y Arquitectura o sueño (La isla de Siltolá, 2015): un conjunto de prosas poéticas o, si se prefiere, un diario lírico escrito con una engañosa sencillez y una naturalidad que llaman la atención. Los poetas son como un edificio, no necesitan mostrarnos los andamios para estar en construcción. Quiero decir que la verdadera poesía no tiene miedo de mostrarse al natural. Desnuda, como le gustaba a Juan Ramón. Esa sencillez es uno de los elementos que más me interesan en la poesía de un autor que quizá se llame Rubén Martín Díaz. O quizá no. Tampoco importa mucho. Lo único que cuenta de verdad son poemas como los tres a los que este texto acompaña.
                                                          

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Otro de los elementos centrales de la escritura de Rubén Martín Díaz es su capacidad para sugerir. Ibis redibis non morieris in bello. De sobras es conocida la respuesta de la sibila al soldado que fue a consultar su destino antes de marchar a la guerra. Una simple coma modifica completamente el significado. Por algo Cortázar decía que las comas son las puertas giratorias del lenguaje. Si algo he aprendido con los años es que la poesía es riesgo. Hay que poner las comas. Rubén Martín Díaz escribe sin trampas. Con el riesgo que eso conlleva. Mucho más si lo que se pretende es ahondar en ese pozo de petróleo negro que todos llevamos en nuestro interior. Fracturas es un libro sobre las pérdidas, las carencias, lo que se nos escapa de las manos cuando creemos que lo tenemos agarrado bien fuerte. Todo poeta es dueño de su riesgo. Rubén Martín Díaz lo sabe. Está en el camino.  



MADRUGADA EN UN CUARTO DE HOTEL

En un cuarto de hotel, la madrugada
se vierte por las páginas del libro
como un sueño en la noche
o un acero afilado entre las flores marchitas de silencio.
Porque nadie me piensa, no sé si existo
sentado a esta mesa indefinida que se presta al poema
o si, henchido de sombras, soy la propia poesía
naciéndome palabra desde el fondo del cuerpo.
El mundo está intimando con el mundo
y todo cuanto en mí se nombra fluye
con tal intensidad y tal justicia
que es exacta al volumen del vacío que me piensa.
Al fin y al cabo, yo estoy en las cosas
y me pienso al pensarlas.



LA ENCINA ROJA
A mi padre

Yo te pedí descanso.
Quise parar el tiempo bajo la encina roja
de mi niñez, recolectar los frutos
que el aire de noviembre había sacudido
hasta darlos al suelo,
tú sabes bien: al firme pedestal
de barro en que se hallaba nuestra encina,
y fuiste complaciente con mi súplica.
Qué extraño.
Después de todo
parece ser que a ti te divertía ver
que más allá del fruto de la encina
yo enterrara mis manos
en busca de la pulpa de los muertos.



YO ESCRIBO PARA SER UN HOMBRE LIBRE

Yo escribo para ser un hombre libre
que muere en un poema.

Tú mueres
para que yo lo escriba,
para que muera en el poema escrito
con la palabra exacta: libertad.

Tú estás muerta y yo muerto;
el poema se cubre con la sábana negra
de tinta y luto
o el blanco que, de fondo,
lo niega.

Sin poema no hay nadie que confirme
la realidad de la que estamos hechos.

No somos. No existimos. Por lo tanto,
quien escribe al poeta es el poema.
Y nunca lo contrario.

Fracturas (Nausicaä, 2016)