Generosas palabras de Antonio Praena en su blog sobre mi nuevo libro:
Que algo se
mueve en la poesía española contemporánea es evidente. Nuevas voces, nuevos
aires, nuevos hallazgos.
Una de la
características que encuentro en estas últimas tendencias es la búsqueda de un
horizonte nuevo, un no sé qué que está en el límite de la palabra, de la vida,
de la naturaleza y del mundo y que, de entrada, me atrevo a llamar horizonte
trascendente, por más que este no sea religioso y se trate, en todo caso, de
una trascendencia profundamente arraigada en el aquí y en la materia, en la
inmanencia hermosa de este mundo.
Pero el vuelo
hacia lo distinto es a veces errático. Lo desconocido, el misterio de las cosas
más profundas y más elementales, parece que no se encuentra muy a gusto en
propuestas y versos que parecen distintos pero que no lo son y, sobre todo, no
dicen nada y hasta pueden estar simplemente jugando al “te golpeo, oh lector,
oh crítico, con mis rarezas”.
La cuestión
fundamental me parece ser esta: ¿cómo y, sobre todo, quién dice lo distinto,
abre la hora mágica, el misterio del mundo, lo más allá que nos rodea y, a la
vez, nos trasciende de una manera verdadera, honesta y lo suficientemente
valiente como para que este misterio se deje decir, quiera anidar
auténticamente en sus versos?
En quienes
esto sea una realidad felizmente alumbrada está la clave de la poesía futura,
la que ya está llegando. Y, desde luego, para mí uno de esos poetas diferentes
y de ningún modo domeñables por cualquier otro interés que no sea la libertad,
la belleza, la profundidad y el riesgo es Rubén Martín Díaz.
Ya nos había
asombrado con “El minuto interior” (Rialp, 2009), merecedor del premio Adonáis,
y ahora vuelve a confirmar lo que allí anticipaba regalándonos “El mirador de
piedra” (Visor, 2012), merecedor del Premio Hermanos Argensola.
Encontramos en
los veros de este libro ese algo más al qua apuntábamos: un vuelo hacia la
trascendencia y una inmersión en el misterio de la naturaleza y del hombre que
no necesita romper la lógica, la armonía, la claridad, la compresión para
introducirse y arrastrarnos consigo hacia zonas de la realidad y del lenguaje
que trascienden lo meramente visible partiendo de ello.
Los poemas
consiguen despegar de lo ya sabido, lo ya dicho y sus escenarios, sus tonos y
sus registros sin necesidad de golpearnos con rarezas, extraños silencios,
misticismos vacíos o rupturas sintácticas. Y es en ello donde considero que la
poesía de Rubén se nos presenta como exponencial de esa novedad que venia
queriendo romper en la poesía española, lográndolo desde lo mejor de la
tradición y haciendo como si no fuera difícil.
En “El mirador
de piedra” está Claudio Rodríguez y a veces escuchamos a Colinas, el último
Vicente Gallego, Javier Lorenzo o algún eco de Carlos Marzal (ese preciso
empeño de los días / que estriba en arrimar su lumbre al ascua). Pero Rubén es
completamente su propia voz y ello, ser él sin pretenderlo y sin subrayarse a
sí mismo, es lo que permite esta simbiosis de influencias. Lo que hace el libro
tan suyo, tan de todas otras voces y tan nuestro.
Acoge en el
poema el paisaje que mira y funde la palabra con lo mirado:
No te pienses
el agua desde ti,
sé el agua
desde el agua
y no regreses
nunca a la duda del hombre.
No hay mera
recreación de la naturaleza; hay encuentro entre el paisaje y la verdad de las
cosas que en él se esconde y que se manifiesta en la voz del poeta sin que el
poeta lo agote, lo atrape, lo posea. Hay sujeto y no lo hay.
El libro se
distribuye en tres partes flanqueadas por un preludio y un epílogo. El Preludio
nos prepara para fundirnos con la naturaleza y el Epílogo culmina revelándonos
el secreto del mirar: captar el detalle y preservar la armonía del todo.
En la primera
parte un paisaje concreto de la Sierra de Cazorla y sus naturales habitantes
son los protagonistas. Son los nombres concretos de animales, fuentes, picos y
el propio mirador que da nombre al título y al que el poeta ha regresado
encontrando lo que allí dejó de niño y algo más: ahora él es un hombre que mira
-sin que le preocupe definir ese mismo acto- y todo se le ofrece en el misterio
de la luz, la gran presente en todos los poemas y la que está sin que nos sea
necesario disertar siquiera sobre su esencia. Encontramos en esta primera parte
algunos de los versos más hermosos del libro, como los del poema “Ceremonia del
alba”, quizá mi poema preferido de este libro mirador:
Has de
aprender a convivir con ello.
Cuando el día
despunta te abandonas
a un letargo
que es como desnudarse
de cuerpo para
adentro, ser la luz
en cada poro
abierto de la noche.
(…)
Pero vivir del
gozo tiene un riesgo
que has de
correr: la carne se desgasta.
En el detalle
está el secreto del todo. No necesita el ser que contempla este paisaje abarcar
ni decir con palabras totalizadoras y abstractas ese todo y esa nada. Basta
entregarse a lo concreto, estar con una humildad en lo concreto y dejarse ser
en ello.
En la segunda
parte partimos de la sierra hacia otros paisajes, respirados por el poeta y
vivos en él. Siguen siendo concretos y materiales, pero de una forma diferente:
en la memoria, en la respiración, en la conciencia, en el lienzo. “Lo
contemplado está en el pensamiento”. El atardecer, el aguacero, la rama madre
son la imagen de un paisaje conceptual, interior, pero salvado precisamente de
la fría abstracción por la concreción material de estas imágenes. Está la
conciencia contemplando, pero es una conciencia desubjetivada. Se ha unido a
las cosas y es en ellas. No se importa a sí misma.
En esta parte
el lenguaje se vuelve más conciso y certero como corresponde a ese
conceptualismo material característico ya de Rubén Martín. Uno de los poemas
que mejor lo expresan es “Hacer leña”:
Cada mitad es
la otra, sin ser la misma
pues todo lo
que fue
un solo cuerpo
mantiene siempre intacta la unidad. (…)
Y por esta
senda depurada continúa la tercera parte, en la que precisión y transparencia
intensifican cada una a la otra. El aire, como espacio de la transparencia de
las cosas y de la conciencia en ella, es el hilo conductor y el autor se va
haciendo, como el aire, cada vez más transparente. En los poemas de esta parte
encontramos una voz precozmente madura. A la concisión e intensidad viene a
unirse la fluidez, esa característica de estar escribiendo sin demasiado
cuidado de ello mismo que le otorga a la profundidad una asombrosa y paradójica
naturalidad:
¿A qué verdad
de quien,
de qué, me
debo ahora?
Si estoy solo
en la luz
y yo soy
todos, ¿soy
también la
transparencia?
¿Acaso soy la
luz?
Pues no
sabemos, Rubén, si eres la transparencia y la luz. Pero nos has dejado muy
dentro de ellas.
Un libro
excelente que no podemos perdernos de ninguna manera y que perdura en nosotros
mucho después de leerlo. Una obra en la que encuentro lograda esa tendencia
hacia el misterio de las cosas, la naturaleza y el hombre que venía abriéndose
paso en la poesía española joven y que no siempre se alcanzaba. Creo que un
libro imprescindible y de referencia para una generación que ya está aquí y en
la que Rubén Martín Díaz tiene, por mérito propio, un lugar preeminente.
http://elatril.dominicos.org/articulos/el-mirador-de-piedra