martes, 9 de febrero de 2010

Reseña de Rafael Morales Barba

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Carmelo Guillén Acosta me ha hecho llegar una reseña de mi libro "El minuto interior", escrita por Rafael Morales Barba, excelente crítico y gran conocedor de la poesía española actual y de su historia. No puedo dejar pasar la oportunidad de compartir con todos vosotros la reseña completa para que todo aquel que esté interesado pueda leerla. Y aprovecho para agradecer a Rafael Morales Barba las maravillosas palabras que ha dedicado a mi obra. (Es extensa, pero merece mucho la pena llegar hasta el final).


Rubén Martín, El minuto interior, Adonáis, Madrid, 2010

Siempre produce expectación el fallo del premio Adonáis, sobre todo cuando acierta en sus fallos, como viene ocurriendo últimamente con algunos nombres de hornadas recientes ratificados en otros espacios y jurados. Quien ahora acaba de conseguir este galardón decano de los premios jóvenes de poesía españoles trae mucho mérito y contracorriente. Seguramente la poesía española desde el año 2000 viene sostenida por las poéticas desoladas o taciturnas como alguna vez las he definido, o pensativas, en palabras de Luis Antonio de Villena. Pero hay notables excepciones irónicas o reivindicativas, también gozosas y celebradoras, como la de Rubén Martín en El minuto interior. Indudablemente lo reflexivo ha tendido a imponerse en los jóvenes poetas españoles que sienten el exceso compungido heredero de las poéticas herederas de la II Guerra Mundial o española, y por eso lo pensativo viene con una carga de desazón más acorde con una definición más grave: poéticas taciturnas y desasosegadas, nos parece más ajustado, en sus diferentes niveles y divergencias. Sólo hay que comparar algunas antologías como Deshabitados (Maillot amarillo), La otra joven poesía española (Ígitur) entre otras más dispersas, para ver como una musa funámbula y desasosegada recorre el panorama español, con diferentes temperaturas. Momentos de incertidumbre o de materialismo o de positivismo que encuentra en el yo su consuelo, pero también su desconsuelo. Sin el otro y hacia el vacío ( la denuncia que el moderno iconografismo chino hace en este sentido es muy explícita). No es pues de extrañar el antiguo éxito de las poéticas del nihil esencial de José Ángel Valente en algunos jóvenes del 90 (desde Antonio Méndez Rubio y Ada Salas, a la escuela de Syntaxis y lanzarotista de Sánchez Robayna). Poéticas esenciales o neopuristas frente a las coexistenciales, aunque no se pueda establecer sin maniqueísmo el debate en esos términos. Pero lo cierto es que el realismo, con un estupendo ejemplo en Felipe Benítez Reyes y Juan Lamillar, han mostrado desde hace mucho esa angustiada percepción del tiempo desde un yo atormentado, más o menos inestable, enérgico (caso de Carlos Marzal o contemplativo en Antonio Moreno). La herencia de los jóvenes es clara, e y remite modernamente a Wallance Stevens o a John Ashbery como moderno modelo de prestigio, cuando no Francis Ponge e Yves Bonnefoy, que no son, precisamente, la alegría de la huerta. Por eso extraña tanto volver encontrar a uno de los últimos grandes poetas españoles, Claudio Rodríguez, insustituible, en los versos del joven y buen poeta de Albacete, desde la lectura propia del gozo, el adanismo y el amor a lo creado frente a las poéticas de la sospecha. También desde el endecasílabo blanco.
El minuto interior habla del gozo. A veces desde esas poéticas del instante que se hacen estampa o cuadro, y otras inquietada autognosis donde el yo se refleja en el gozo de lo creado (la claridad), la presencia o la amada. Los propios nombres de los poemas hablan explícitos: Manantial de luz, Armonía, Santuario natural, El minuto interior, La madre, El último relumbre…no son necesarias más pistas. Desde el comienzo esa perspectiva claudiana, así es la luz, que tanto recuerda al así amanece el día, no debe equivocarnos. Nadie debe pensar en la angustia de las influencias y pensar en Harold Bloom, sino en un instante donde el discípulo recuerda explícito. Porque el libro, con sus ecos claudianos, con sus aires sin oficio, etc o su imaginario de la luz, establece rápidamente una mirada existencial que busca la armonía (la vida es generosa/ si sabes darle el trato que merece) con el cosmos (Tratado de armonía llamó a un poemario Antonio Colinas), pero también de conciencia de que esa concordancia o número frayluisiano no será para siempre. Aceptación sin desgarro, pero también sin obviedad. No es que se desconozca el precipicio en esta poética de la claridad, que no sortea las imágenes donde el mar cobra un sentido simbólico. O donde la tarde enseña sus heridas, en quien tiene afán de eternidad (parece que Juan Ramón algo dijo al respecto). No es que se evite ese diálogo donde todo parece ser invocación/ a un dios de hielo. Ni mucho menos. No es que ese ciudadano que Giacometti esculpe en su intransitividad acelerada deje de estar presente (Restos de otro amanecer), o la fragilidad del extranjero que llega a la ciudad nevada…porque frente a esa propuesta existente, inevitable, hay laberintos interiores donde surge frente al descreimiento del no creo en nada/no creo en nadie, surge la mirada adánica del asombro. Y, sin embargo ¿cómo explicar la maravilla?. Cuando Vicente Aleixandre decía que las únicas ateas eran las gallinas con que jugaba Rafael, es decir un niño cualquiera, expresaba también su desconfianza ante la dictadura del nihil para cantar su entusiasmo ante la vida desde esa perspectiva (hoy transcurre lo opuesto hasta la saturación). Priman estas poéticas de la sospecha, que no son las de la edad, muy diferentes y más justificadas. Esto es lo realmente nuevo en su cualidad de la contemplación y del gozo, la poética del instante y de la estampa con un sentido diferente al de Lorenzo Oliván, que celebra el estar y ya no ser de una imagen (Fugaz momento). O se hace tierno recoveco de confidencias en Madre. Esa idea de cobijo donde el mar sabrá esconderse entre las olas, de magia y salvación, por decirlo con mi querido Claudio Rodríguez, está desafiando a las poéticas de la sospecha y también a ciertos negocios turbios de espabilados. La casuística es explícita. La poesía no tiene amos, aunque este libro tenga ecos, sin que quepa duda de la voz personal y delicada, perfilada en horas de gabinete y de atención (contemplación). No se engañe el lector, hay gozo y desolación sin acritud, amor y expectación, búsqueda todavía, pero también aceptación de una realidad insorteable, insobornable, capaz de cantar a la amada, a la claridad, a ser útil en este contexto frente a los desolados profesionales (astutos, convencionales). A cuestionar sin simpleza y estar en una hermenéutica del gozo y de la expectación (¿con qué oscura mentira tropezamos?) y sencillez elocutiva, pero no de la simpleza (Fuente de nacimiento), sino con todo lo contrario como demuestra el inteligentísimo Adaptación. Ha vuelto el Adonáis a encontrar a un poeta al que habrá que seguir. Y van muchos.


Rafael Morales Barba
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1 comentario:

juan carlos olivas dijo...

Felicidades Rubén por tan merecido logro! He seguido tu poesía en este blog y me ha gustado mucho!
Un abrazo desde Costa Rica!